La Giaconda y la guardia

Por Keith Miller

a Gloria

La galería más visitada del Museo del Louvre, en París, es la que contiene la Giaconda. Atrás de una vitrina que parece a prueba de balas, se encuentra la pintura más famosa de toda la historia de arte. La gente llega al museo, pregunta donde se ubica dicho cuadro, y va sin titubeos a verlo. En frente del cuadro la gente generalmente hace dos cosas: tomar una foto y decir "pues no es para tanto" (a veces se le impresiona).

La desilusión que sienten tiene mucho que ver con las expectativas que se hace en torno al retrato hecho por DaVinci. Se espera un shock de emoción o de revelación que, finalmente, no ocurre.

Si no tiene las consecuencias esperadas o debidas ¿qué es la función de una obra de arte? Me pregunto eso porque el otro día entré la Casa de la Cultura, y subí las escaleras para ver las exposiciones que ahí había. En una galería, en gran contraste a las muchas visitas de la Mona Lisa, no hubo más que un alma: la señora que cuidaba la galería. Cabeza abajo, sentada, parecía dormida. Cuando entré ella se levantó la cabeza y me preguntó "¿Y usted qué hace?" "Mirando la exposición," contesté. Asintió con la cabeza y miró el cuarto y el piso distraídamente.

Después de poco tiempo me iba a salir de la galería, pues no me interesaban las dos exposiciones, cuando se pará la señora.

"¿No quiere usted quedarse y platicar un rato?" me inquirió.

"Sí, cómo no," respondí.

Era tan desesperadamente aburrida (son siete horas diarias que pasaba en esos salones) que cualquier contacto humano le hubiese bastado para suplementar su jornada. Me explicó que ella también dibujaba. Me enseño un dibujo que encontró después de sacarlo de su novela, "Jasmín", y sacando varios papeles sueltos del mismo.

Me confesó que tampoco le interesaba las exposiciones pero que en la otra sala sí hubo algo bueno. Salí y me fui a verla.

La desesperación de la señora, su deseo de una interacción humana, me angustió. Arte a su alrededor y así tan desamparada. Si así quedaba, tan menesterosa, entonces vuelvo a preguntar ¿para qué sirve el arte? Y me contesto: sin duda su función primordial es el contacto humano. Puede parecer contradictorio que una obra plástica ofrece la calidez humana pero no lo es. El arte brinda, cuando exitoso, una posibildad de conocer y relacionarse con otros seres humanos que de una forma lograron comunicar algo de su humanidad, algo que perdura más allá de su momento y localidad. En búsqueda de un contacto con algo profundamente humano llega tanta gente a ver la dama tan misteriosa a la cual retrató Leonardo. Ese rastreo, ese deseo vuelve universal, y su fracaso se ve, por ejemplo, en la cara de la señora que quería nada más que platicar.